Llegó caminando, por algún motivo el Caballero prefería hacerlo de ese modo a pesar de haber hecho todo el camino hasta allí corriendo sobre cuatro patas.
Se había estado acercando a una baja formación montañosa, más concretamente a una sección de la misma sobre la que no crecía ninguna planta y en la que se podía distinguir sin problemas una enorme abertura a unos ochenta o cien metros de altura. Era prácticamente imposible trepar hasta allí arriba sin correr el riesgo de despeñarse, pero el hombre no pretendía estalar la pared casi vertical, sino que iba hacia la base de la roca.
A unos doce o quince metros de la escarpada pared el bosque se abría de repente mostrando una construcción muy parecida a una casa de dos plantas incrustada en la montaña. La mitad del edificio de techo plano aunque ligeramente inclinado para permitir la caída del agua en caso de lluvia formaba una especie de avance desde la apertura de la cueva en la que se escondía el resto del edificio fabricado con piedra para los muros de la primera planta y madera en las vigas, fachada y planta superior. Varios amplios ventanales se abrían al estrecho claro a ambos lados del edificio. A unos cuantos metros de la puerta principal, realmente la única entrada propiamente dicha, un poste tenía colgado un delustrado tablón de madera quemado a fuego. Representaba un dragón enroscado sobre si mismo exhalando humo.
Al acercarse al edificio el Caballero sintió como los recuerdos de sus antiguos compañeros en aquel lugar volvían a su mente. Aquella chiquilla rubia y enjuta, la gruesa y sin embargo embriagadora camarera, el delgaducho hechicero del norte, los dos hombres de las túnicas color arena... era mucha gente la que se había congregado en aquel lugar hacía tantísimos años. Llegó junto a la puerta y empujó... como siempre estaba abierta. No había necesidad de cerrar aquel lugar.
Dentro vió que todo estaba cubierto de polvo, aunque más o menos intacto. La barra en un lateral, con la puerta que daba a la cocina y al almacén donde se guardaban los víveres, las mesas pegadas a las paredes, una escalera que subía hacia las habitaciones a poca distancia de la barra. La chimenea en la zona opuesta con varios cómodos sillones de piel y una gruesa alfomba en el suelo frente a ella. Sonrió. Nunca había hecho falta aquella chimenea, la taberna siempre estaba suficientemente caldeada. La pared del fondo, la que se suponía debería cerrar el edificio por su parte posterior y que estaba varios metros incrustada en la montaña no era más que una pesada cortina de lona que podía correrse gracias a un par de poleas. Se dirigió hacia esa ficticia pared y por uno de los laterales se internó hacia el interior de la cueva.
Aquello estaba iluminado tenuemente por la luz que entraba por la abertura que tan facilmente podía verse a gran altura desde el exterior. En el centro de la cueva el Dragón de color pardo gruñió y abrió solo uno de sus acerados ojos.
- ¿Qué haces aqui? - no había ningún tono amistoso en sus palabras.
- Vine a ver si ya te habías muerto, pero parece que no me va a ser tan sencillo poder olvidarme definitivamente de ti, lagartija.
- Acercaté, tengo hambre y me apetece un tentempié - el Caballero lo hizo con paso firme llevándse la mano a la daga en el cinto bajo la atenta mirada del reptil. - ¡Bah! Traes la armadura y no me apetece tener que masticar tanto metal.
El dragón cerró de nuevo los ojos y el hombre le palmeó amigablemente la testuz.
- Yo estoy cansado del viaje a través del bosque... así que voy a descansar un poco y luego lucharemos hasta que uno de los dos muera, ahora no están las chicas para protegerte.
Se recostó sobre un costado del cuello de la criatura y cerró también los ojos. El Dragón movió la cola de forma inconsciente para cubrir al Caballero con ella en un gesto protector y ambos se quedarón allí dejándose inundar por sus respectivos recuerdos aparentando dormir y disfrutando de la compañía del que podría considerarse su más acérrimo enemigo.