10/12/10

Esta vez...

El viento agitado, que me traía el humo y las chispas que saltaban indiscriminadamente, parecía gritar mi nombre.
Cada vez más cerca, cada vez más osadas, las monstruosas llamaradas que me doblaban en tamaño parecían luchar unas con otras, compitiendo para ver quién llegaba más alto.

Sabía que debía dar un paso atrás, sin embargo mi cuerpo no se movía.
Con el rostro ardiendo y los ojos húmedos observaba ensimismada la escena ante mí. Las débiles paredes de madera roída y los viejos muebles astillados alimentaban saludablemente al fuego, que ahora se veía largamente ansioso porque llegara este momento.


Clavé la vista en el sillón descolorido que me había acunado el último ciclo. Ardía exactamente igual que el resto, agonizando en el suelo después de verse desequilibrado por las patas traseras.
No sabría responder por qué pasaba tanto tiempo quieta en su regazo, dejando las horas pasar. Era un sillón incómodo, duro, viejo…

...viejo...


De pronto se me ocurrió que todo lo que estaba ardiendo en ese momento, era viejo. Incluyendo los cimientos de mi cabaña.

Los encontré hacía ya largo tiempo, en una zona recóndita de la montaña helada, alejada de las ciudades abarrotadas. No sabía qué habría podido ocurrirle a las paredes y no me importaba. Esos cimientos me servirían de base para mi nuevo hogar.

Sobre ellos levanté los muros que me protegerían del frío y los animales salvajes. Pero no tardaron mucho en desaparecer. El viento era demasiado fuerte y los derribó. Volví a construirlos con los restos que quedaban, pero al poco una riada se lo llevó todo. Una vez más los erigí y una vez más cayeron. Aquella vez fue un pequeño derrumbamiento de rocas.

Se me escapó una sonrisa irónica. Viento, agua, tierra, y ahora, fuego. Quizá alguien me estaba enviando una señal.

Cimientos viejos para una vida nueva. ¿Acaso ese era el fallo?

Aparté los ojos de los escombros de lo que quise llamar “hogar” y observé el cielo estrellado.
La noche estaba despejada -salvo por las cenizas que salpicaban mi visión- con una de esas lunas que alumbran en la oscuridad más cruel.
Mi pequeña cabaña parecía aún más diminuta bajo ese inmenso mar de estrellas.

Acababa de perder todo lo que tenía, todo lo que entendía por hogar. Pero no sentía desesperanza o miedo. Sólo resignación.

De nuevo sin nada, de nuevo ante un final… o un comienzo.
Me permití un último suspiro cansado antes de sacudirme las ropas de hollín y marcharme de allí.

Si la madera y la piedra se derrumban tan fácilmente, tendría que erigir mi casa sobre otros cimientos.

Quizá, esta vez, de carne y hueso.

¿
El hogar puede ser una persona?