El viento agitado, que me traía el humo y las chispas que saltaban indiscriminadamente, parecía gritar mi nombre.
Cada vez más cerca, cada vez más osadas, las monstruosas llamaradas que me doblaban en tamaño parecían luchar unas con otras, compitiendo para ver quién llegaba más alto.
Sabía que debía dar un paso atrás, sin embargo mi cuerpo no se movía.
Con el rostro ardiendo y los ojos húmedos observaba ensimismada la escena ante mí. Las débiles paredes de madera roída y los viejos muebles astillados alimentaban saludablemente al fuego, que ahora se veía largamente ansioso porque llegara este momento.
Clavé la vista en el sillón descolorido que me había acunado el último ciclo. Ardía exactamente igual que el resto, agonizando en el suelo después de verse desequilibrado por las patas traseras.
No sabría responder por qué pasaba tanto tiempo quieta en su regazo, dejando las horas pasar. Era un sillón incómodo, duro, viejo…
...viejo...
De pronto se me ocurrió que todo lo que estaba ardiendo en ese momento, era viejo. Incluyendo los cimientos de mi cabaña.
Los encontré hacía ya largo tiempo, en una zona recóndita de la montaña helada, alejada de las ciudades abarrotadas. No sabía qué habría podido ocurrirle a las paredes y no me importaba. Esos cimientos me servirían de base para mi nuevo hogar.
Sobre ellos levanté los muros que me protegerían del frío y los animales salvajes. Pero no tardaron mucho en desaparecer. El viento era demasiado fuerte y los derribó. Volví a construirlos con los restos que quedaban, pero al poco una riada se lo llevó todo. Una vez más los erigí y una vez más cayeron. Aquella vez fue un pequeño derrumbamiento de rocas.
Se me escapó una sonrisa irónica. Viento, agua, tierra, y ahora, fuego. Quizá alguien me estaba enviando una señal.
Cimientos viejos para una vida nueva. ¿Acaso ese era el fallo?
Aparté los ojos de los escombros de lo que quise llamar “hogar” y observé el cielo estrellado.
La noche estaba despejada -salvo por las cenizas que salpicaban mi visión- con una de esas lunas que alumbran en la oscuridad más cruel.
Mi pequeña cabaña parecía aún más diminuta bajo ese inmenso mar de estrellas.
Acababa de perder todo lo que tenía, todo lo que entendía por hogar. Pero no sentía desesperanza o miedo. Sólo resignación.
De nuevo sin nada, de nuevo ante un final… o un comienzo.
Me permití un último suspiro cansado antes de sacudirme las ropas de hollín y marcharme de allí.
Si la madera y la piedra se derrumban tan fácilmente, tendría que erigir mi casa sobre otros cimientos.
Quizá, esta vez, de carne y hueso.
¿El hogar puede ser una persona?
10/12/10
15/7/10
Conversación...
- ¿Qué quieres?
- Ya lo sabes, a ti.
- No pienso ir contigo, espectro. Ya lo sabes... siempre lo has sabido, desde la primera vez que nos encontramos hace tantos años.
- Pero nunca dejaré de preguntártelo, he llegado a tentarte lo suficiente en varias ocasiones, Caballero. Algún día sucumbirás a los instintos que tiene todo ser humano y aceptarás mi oferta.
El Caballero no respondió a esa provocación sino que continuó limpiando el rollizo cuerpo del conejo que había cazado. Podría sacar al menos un buen trozo de pellejo resistente de aquella piel, además de una suculenta cena. Le apetecía un poco de asado. Su interlocutor se sentaba apoyado contra el tronco de un árbol un puñado de metros más allá. Vestía de riguroso negro con la única concesión de un grotesco rosario plateado con una cruz deformada que le descansaba sobre las flexionadas rodillas. Una túnica larga como la de los sacerdotes le cubría el cuerpo y las sandalias eran nuevas aunque excesivamente livianas para caminar por el bosque. Se cubría las manos con unos finos guantes con los dedos cortados y se tapaba la cabeza con un sombrero de ala ancha que tenía echado hacia adelante para ocultar al menos parcialmente su rosto.
El hombre de negro volvió a la carga con su cascada y rasposa voz, el Caballero continuaba con su tarea sin prestarle demasiada atención.
- Piensa, amigo. Todo el tiempo del mundo para hacer lo que desees. Viajar a donde te plazca, sin restricciones, sin normas, sin... transformaciones.
En los labios del Caballero aleteó una sonrisa, el hombre sabía que aquello no funcionaría.
- Ya viajo donde quiero, sin restricciones y sin norma alguna. Además, me encanta ser lo que soy.
- Pero sin duda alguna sería mejor para ti y para otros que esa parte bestial de tu interior desapareciese. Podrías ser feliz, estar cerca del resto de los humanos, no te verían como un, perdona la expresión, un lobo en el gallinero. Sabes que te temen y estos parajes son tan solitarios... si aceptas mi propuesta tendrías la oportunidad de ver el mundo de otro modo, a través de un prisma completamente diferente.
- A través del prisma de la muerte, espectro.
- ¡Ah! pero esas muertes serían necesarias... y no te obligaríamos a que tu fueses quien acabase con ninguna de las vidas si no lo deseas. Enviaríamos a los hijos de las sombras delante, ellos no sienten remordimientos. Sólo enviaríamos delante con ellos a tu bestia, ella si que es necesaria, su rabia, su fuerza, su energía...
- ¡No! y no continúes por ese camino. No quiero tener que volver a matarte una vez más. Se que es doloroso para ti.
Una risotada salió de la garganta del espectro mientras el caballero agarraba el puño de la espada
- ¿Ni siquiera por ella, amigo mío?
Esta vez fue el Caballero quién soltó una risa.
- Ni siquiera por ella, de cualquier modo no querría que aceptase tus viperinas proposiciones.
- ¿Por que no vas y le preguntas, mortal?
- Porque no es necesario.
Una nueva risotada comenzó a brotar del hombre vestido de negro, pero se paró súbitamente dando paso a un gorjeo. El pesado cuchillo de acero del caballero atravesaba el pecho del espectro justo por encima del pecho, en el lado derecho. Se había clavado por completo, hasta la guarda. De inmediato tanto el fantasma como el cuchillo e incluso el árbol en que se apoyaba comenzaron a desaparecer.
El Caballero comenzó a recoger sus cosas, estaba claro que esa noche no iba a poder dormir así que sería mejor continuar con su viaje hacia el este, cuando cambió de forma engulló al despellejado conejo triturando los huesos con sus potentes mandíbulas y salió disparado hacia su destino.
Aquella era su maldición, pero también su más preciada pertenencia. Mantener al lobo bajo control le había costado años, del mismo modo que al lobo le había costado controlar al hombre. Ahora eran solo uno... y ambos habían estado felices de poder tenerse hasta ese punto. ¿Separarse?. Jamás. Parecía mentira que aquellos espectros aún no se hubieran dado cuenta de que ya no había un hombre y una bestia. Sino simplemente el Caballero-Lobo.
10/5/10
Encuentro
De noche todo es diferente. El silencio te envuelve y cada pequeño ruido es un misterio. Los árboles de la mañana, que parecen respirar tranquilos desentendiéndose de su alrededor, se convierten en criaturas curiosas y atentas al caer el sol. Y las sombras salen a jugar a confundirme.
Cuando el amanecer está cerca, todos empiezan a despedirse para ir a dormir y dejarme de nuevo a solas.
Estaba relajada, respirando el aire fresco y escuchando cada chapoteo del agua que yo misma provocaba, cada hoja que la suave brisa mecía, cada revoloteo de alas.. cuando sonidos inusuales invadieron el lugar. Las suaves pisadas, acompañadas de un tintineo metálico no duraron mucho.
Cuando los nuevos sonidos cesaron, esperé unos segundos antes de girarme. Si el encuentro era para bien o para mal, podía esperar a que yo me bajara la falda que tenía subida hasta los muslos para evitar dormir con la mitad del vestido mojado.
Me levanté con parsimonia, sacudiéndome el vestido y asegurándome de que la pequeña daga de mi cinturón seguía a mi espalda y bien oculta bajo la capa.
Mientras cubría mis brazos desnudos con la gruesa capa, me giré para enfrentar al fin al visitante silencioso.
Sorprendida, observé al caballero inclinado ante mí que mantenía la cabeza gacha.
No podía verle el rostro. Su largo cabello oscuro parecía sedoso y salvaje a la vez. No sé por qué ese pensamiento cruzó mi mente, pero parecía casi natural querer acariciar el cabello de ese desconocido.
Su mera presencia debería inquietarme y, en cierta manera, así era. Pero por alguna extraña razón, sentía que conocía parte de aquel desconocido. Así que obvié las formalidades y le hablé con más confianza de la que acostumbro.
- Hoy puedes llamarme Nell, caballero -dije, pues ese día me sentía como "Nell"- ¿qué haces aquí?
9/5/10
Llegada
El Lobo se paró en mitad del bosque, levantó la cabeza y olfateó el aire para comprobar que seguía el rastro correcto. En realidad no consideraba poderlo haber perdido, pero el instinto le obligaba a comprobarlo de vez en cuando. Durante la tarde habían caído algunas gotas de agua y todas sus alarmas se dispararon: el agua hace perder los rastros, difumina los olores... afortunadamente no fue más que una nube pasajera, un pequeño chubasco que no le restrasó más de unos minutos.
Ahora se encontraba muy cerca del lugar que había estado buscando, agua corriente, tierra mojada, piedra, musgo, algunos pequeños animales... y a quien estaba buscando. Conforme se acercaba al lugar iba aminorando el paso, no quería irrumpir en aquel sitio como una cazador ni como un intruso, deseaba que quienquiera que estuviese allí le escuchase llegar. Conforme se acecaba los sonidos y los olores se hacían más vívidos e intensos. Incluso los colores parecían diferentes.
Al entrar en el territorio que rodeaba al estanque cambió, las garras fueron brazos y piernas, la piel pasó a ser ropas y armadura, una espada y una daga pendían del ancho cinturón que se ceñía a la cintura. Los ojos del Caballero eran exactamente los mismos que los del Lobo y su expresión muy similar. Una vez se había internado unos cuantos pasos en el lugar hincó la rodilla en la tierra húmeda, agachó la cabeza y esperó pacientemente a que la persona que había ido a buscar reparase en él.
Ella se encontraba de espaldas, con un pié jugueteando con el estanque sentada en la ancha y plana roca...
7/5/10
Mirando un estanque
Estaba sentada a la orilla del estanque, sobre una piedra de considerable tamaño, ya redondeada por el paso del tiempo y la erosión, haciendo surcos con los pies descalzos en la superficie del agua. Le encantaba sumergirse en ese líquido cristalino, que a esas horas de la noche, se veía tan oscuro como la cueva más profunda. Y le encantaba hacerlo porque era lo más parecido a volar que había experimentado nunca. Al menos, que ella recordara y la verdad es que no recordaba mucho de sí misma.
A menudo tenía sueños en los que sobrevolaba campos abiertos, montañas, bosques y dunas.
Dejarse mecer por el viento sintiéndose ligera como una pluma o correr pisando con rabia y euforia el suelo hasta el borde de un precipicio para emprender el vuelo un segundo antes de caer…
Lamentablemente, siempre despertaba con el cuerpo en el suelo y la misma sensación de pérdida.
A veces, incluso estando despierta, al sentir el fuerte viento revitalizador contra su cuerpo, agitando su cabello con los brazos extendidos y obligándola a plantarse firme en el suelo para no caer, le parecía sentir como si un par de alas enormes se desplegaran en su espalda, disfrutando de la sensación como el resto de ella.
Y cuando estaba a punto de dormir, hecha un ovillo sobre su capa, imaginaba que se cubría con sus alas, protegiéndose del mundo exterior.
A menudo tenía sueños en los que sobrevolaba campos abiertos, montañas, bosques y dunas.
Dejarse mecer por el viento sintiéndose ligera como una pluma o correr pisando con rabia y euforia el suelo hasta el borde de un precipicio para emprender el vuelo un segundo antes de caer…
Lamentablemente, siempre despertaba con el cuerpo en el suelo y la misma sensación de pérdida.
A veces, incluso estando despierta, al sentir el fuerte viento revitalizador contra su cuerpo, agitando su cabello con los brazos extendidos y obligándola a plantarse firme en el suelo para no caer, le parecía sentir como si un par de alas enormes se desplegaran en su espalda, disfrutando de la sensación como el resto de ella.
Y cuando estaba a punto de dormir, hecha un ovillo sobre su capa, imaginaba que se cubría con sus alas, protegiéndose del mundo exterior.
6/5/10
Hora entre Horas
Comenzaba a hacer calor durante el día y las noches cada vez eran más cortas en el sombrío bosque, sin embargo seguía refrescando en las horas previas al amanecer, lo cual obligaba al hombre que se apoyaba contra las raíces de un enorme roble a apretar más estrechamente la desgastada capa contra su cuerpo. Los sonidos de los pequeños animales nocturnos volviendo a sus escondrijos y los de los pájaros más madrugadores cantando al incipiente sol llevaban al Caballero a recordar todo el tiempo que había pasado lejos de aquellos árboles, de aquel musgo fresco, suave y oloroso, de los helechos cuajados de gotas de rocío y sobre todo de las reconfortantes horas de descanso tanto para el cuerpo como para el espíritu.
Era definitivo, para bien o para mal había regresado al hogar.
"¡Caballero!" - la voz no era más que un susurro entre los árboles, dentro de su cabeza parecía un grito. - "¡Caballero! Os están esperando, moveos deprisa... ahora que es la hora-entre-horas"
El hombre se levantó de un salto, no reconocía la voz, pero si la raza del ser que le hacía llegar sus pensamientos entre las hojas de los árboles. Cogió la espada por la cruceta y se la ató a la cintura dejándola caer sobre la cadera, se ajustó el cinto sobre la cota de malla y pudo percibir el suspiro de desaprobación de la criatura en sus oídos.
"Sabes perfectamente que no les gusta esta forma, Caballero. El metal negro no tiene cabida en su reino. Dejad vuestras armas y ropas de hierro aqui, nadie osará robarlas, te lo prometo."
- No. - fue la seca respuesta del hombre. - Esto es tan parte de mi como pueden serlo mis manos o mis ojos. No me separaré de ninguno de mis aperos. Sin embargo me presentaré ante ellos con mi otra forma, para que en realidad el metal no pueda dañarlos.
Las hojas de los árboles susurraron su descontento, aunque en esta ocasión la voz no llegó hasta el Caballero. Levantó la barbilla y olfateó el aire, mientras lo hacía cambió de forma hacia la del lobo gris, continuó moviendo el hocico en el aire durante unos instantes y comenzó a andar lentamente hacia un grupo de árboles cercanos.
El pueblo de las Hadas era antiguo, mucho más que aquel bosque y por supuesto que el Caballero y sin embargo parecían jóvenes a causa de su aspecto y su actitud para con la vida. Ahora el Lobo podía escuchar los trinos de las flautas de los sátiros, las cristalinas voces de las ninfas, el retumbar de los vozarrones de los gnomos y el susurrar de las dríadas. En aquel claro se habían reunido al menos una docena de seres del llamado "Pueblo Hermoso", en la Hora Entre Horas que precede al amanecer. Era todo un honor para alguien que no pertenecía a su estirpe ser invitado en aquel momento y sin embargo el Lobo seguía sospechando que había algo extraño allí.
En cuanto puso la primera de sus patas en el interior del círculo de árboles que formaba el espacio elegido por aquella corte el aire pareció fluctuar, los colores ganar en intensidad, definición y belleza... y allí estaban todos los Reyes y las Reinas del Pueblo de las Hadas.
Durante un tiempo todos permanecieron en silencio hasta que un duende viejo y arrugado que agarraba firmemente un bastón de madera se acercó anadeando hasta el Lobo.
"Amigo nuestro, sabes que siempre te hemos querido bien." - su voz era como el tintinear del oro y el escanciar del vino viejo - "Y hoy queremos pedirte un favor. En esta Corte del Amanecer nos hemos encontrado los Reyes del Día y los de la Noche pues hemos visto fuera del linde del bosque alguien que podría querer acompañarnos. Sabemos que nos ama a nosotros, el Pueblo Hermoso y estamos seguros de que podrá soñarnos para bien o para mal. Te pedimos como amigos tuyos y amigo nuestro que vayas a buscarla y la traigas aqui, a este bosque, si le place visitarnos y tal vez convertirse en una criatura más. ¿Qué decides, Caballero- Lobo?"
El gruñido que surgió de la garganta del animal fue interpretado correctamente por todos como un símbolo de aceptación y tras unos minutos de bendiciones susurradas y consejos por parte de los reyes más arrogantes, el Lobo salió del claro en dirección a los lindes del bosque. En cuanto se hubo alejado unos cuantos metros comenzó a correr con una joya de plata que le acababan de entregar colgándole del cuello, una especie de intrincado laberinto que realmente no era tal aunque pudiera parecerlo ya que con solo seguir la senda sin desviarse podía llegar uno hasta el centro del colgante. ¿Qué significaba aquello?
20/4/10
¿Cacería?
El caballero se encontraba sentado entre las raíces de un árbol mirando fijamente la entrada de su pequeña cueva. Había recogido algunas ramas secas de los alrededores y una tímida hoguera comenzaba a arder bajo los leños algo más grandes que había apilado de forma profesional. Habia prescindido de la capa y vestía solo la cota de malla sobre el jubón de cuero, atada a la cintura con un cinturón ancho de piel y anillas. También se había cambiado las pesadas botas invernales por unas más flexibles y ligeras. La espada descansaba contra una protuberancia de la raiz del roble a poco más de medio metro de su brazo. Miraba distraídamente las llamas mientras meditaba sobre los cambios que iban a producirse en el bosque con la llegada del mejor tiempo.
- Primavera - gruñó - la época de las flores, las mariposas... y los venados. ¡Ja! Este año tiene pinta de que habrá buena caza... la lluvia ha hecho crecer bien los pastos.
Hablaba para si, por supuesto, pero a veces lo hacía. Casi todos los ermitaños lo hacen.
A pocas decenas de metros escuchó un ruído, algo que no era normal en aquel bosque. Sonrió. Fuese lo que fuera no parecía amenazador, no olía amenazador. Muy despacio se incorporó, recogiendo la espada del suelo y ciñéndosela. Aguzó de nuevo el oído y el olfato mientras cambiaba. El pelaje del lobo también era menos espeso, se había adaptado a la nueva temperatura ambiente del mismo modo que lo había hecho el caballero.
El visitante se escabuyó unos metros más allá, no era tanto una presa o un intruso como una presencia. Tal vez ni siquiera fuese consciente de que el Lobo se encontraba allí. Sonrió como solo un animal de esas características puede hacerlo. Ya sabía lo que era.
Segundos más tarde un aullido de satisfacción por la cacería que se avecinaba recorría el bosque y el animal volaba sobre los verdes brotes que cubrían el suelo por todo el bosque.
30/3/10
Lugar Abandonado
Llegó caminando, por algún motivo el Caballero prefería hacerlo de ese modo a pesar de haber hecho todo el camino hasta allí corriendo sobre cuatro patas.
Se había estado acercando a una baja formación montañosa, más concretamente a una sección de la misma sobre la que no crecía ninguna planta y en la que se podía distinguir sin problemas una enorme abertura a unos ochenta o cien metros de altura. Era prácticamente imposible trepar hasta allí arriba sin correr el riesgo de despeñarse, pero el hombre no pretendía estalar la pared casi vertical, sino que iba hacia la base de la roca.
A unos doce o quince metros de la escarpada pared el bosque se abría de repente mostrando una construcción muy parecida a una casa de dos plantas incrustada en la montaña. La mitad del edificio de techo plano aunque ligeramente inclinado para permitir la caída del agua en caso de lluvia formaba una especie de avance desde la apertura de la cueva en la que se escondía el resto del edificio fabricado con piedra para los muros de la primera planta y madera en las vigas, fachada y planta superior. Varios amplios ventanales se abrían al estrecho claro a ambos lados del edificio. A unos cuantos metros de la puerta principal, realmente la única entrada propiamente dicha, un poste tenía colgado un delustrado tablón de madera quemado a fuego. Representaba un dragón enroscado sobre si mismo exhalando humo.
Al acercarse al edificio el Caballero sintió como los recuerdos de sus antiguos compañeros en aquel lugar volvían a su mente. Aquella chiquilla rubia y enjuta, la gruesa y sin embargo embriagadora camarera, el delgaducho hechicero del norte, los dos hombres de las túnicas color arena... era mucha gente la que se había congregado en aquel lugar hacía tantísimos años. Llegó junto a la puerta y empujó... como siempre estaba abierta. No había necesidad de cerrar aquel lugar.
Dentro vió que todo estaba cubierto de polvo, aunque más o menos intacto. La barra en un lateral, con la puerta que daba a la cocina y al almacén donde se guardaban los víveres, las mesas pegadas a las paredes, una escalera que subía hacia las habitaciones a poca distancia de la barra. La chimenea en la zona opuesta con varios cómodos sillones de piel y una gruesa alfomba en el suelo frente a ella. Sonrió. Nunca había hecho falta aquella chimenea, la taberna siempre estaba suficientemente caldeada. La pared del fondo, la que se suponía debería cerrar el edificio por su parte posterior y que estaba varios metros incrustada en la montaña no era más que una pesada cortina de lona que podía correrse gracias a un par de poleas. Se dirigió hacia esa ficticia pared y por uno de los laterales se internó hacia el interior de la cueva.
Aquello estaba iluminado tenuemente por la luz que entraba por la abertura que tan facilmente podía verse a gran altura desde el exterior. En el centro de la cueva el Dragón de color pardo gruñió y abrió solo uno de sus acerados ojos.
- ¿Qué haces aqui? - no había ningún tono amistoso en sus palabras.
- Vine a ver si ya te habías muerto, pero parece que no me va a ser tan sencillo poder olvidarme definitivamente de ti, lagartija.
- Acercaté, tengo hambre y me apetece un tentempié - el Caballero lo hizo con paso firme llevándse la mano a la daga en el cinto bajo la atenta mirada del reptil. - ¡Bah! Traes la armadura y no me apetece tener que masticar tanto metal.
El dragón cerró de nuevo los ojos y el hombre le palmeó amigablemente la testuz.
- Yo estoy cansado del viaje a través del bosque... así que voy a descansar un poco y luego lucharemos hasta que uno de los dos muera, ahora no están las chicas para protegerte.
Se recostó sobre un costado del cuello de la criatura y cerró también los ojos. El Dragón movió la cola de forma inconsciente para cubrir al Caballero con ella en un gesto protector y ambos se quedarón allí dejándose inundar por sus respectivos recuerdos aparentando dormir y disfrutando de la compañía del que podría considerarse su más acérrimo enemigo.
4/2/10
Noche Lluviosa
Llovía debilmente fuera de la pequeña cueva, pero el cielo teñido de rojo por las nubes amenazaba con descargar toda una tormenta en cuanto se le presentase la oportunidad. La mayoría de los animales habían presentido esto y corrieron a sus guaridas, nidos y madrigueras. Desde luego no era una noche para salir de caza, por lo que el Caballero había sacado unas cuantas tiras de carne en salazón de sus reservas de provisiones y las asaba lentamente sobre las llamas de la fogata que había encendido en el interior del refugio.
Las llamas ofrecían un efecto hipnótico en él haciéndole sumirse en sus pensamientos primero y en su propia naturaleza y esencia después. Antes de darse cuenta había cerrado los ojos y sintiendo el calor del fuego en su rostro se sumió en un sueño que podría haber parecido natural a cualquiera que lo viese, pero pocas situaciones lo eran realmente en aquel bosque.
Abrió los ojos y ya no se encontraba en la cueva, sino en un extenso erial de rocas grises y negras. El cielo despedía una luminiscencia azulada que parecía no provenir de ninguna parte, desde luego no había ni sol, ni luna, ni estrellas que pudieran iluminar y sin embargo se podía ver perfectamente incluso a kilómetros de distancia, pero poco importaba eso ya que poco había que ver más que aquel paisaje rocoso desde allí hasta el infinito en todas direcciones. El Caballero no tenía ningún arma, ni tampoco su cota de mallas. Vestía simplemente la capa, jubón, pantalones y botas, también llevaba los guantes colgados del cinto.
Dió un par de vueltas tratando de distinguir algún punto de referencia, pero le fué imposible hacerlo. Quizás su otra forma podría sacar algo más claro: Deseó ser el Lobo y no ocurrió nada... sus formas no cambiaban, sus sentidos no se hacían más agudos ni su mente más animal. Sin embargo frente a él pudo observar al lobo que solía ser, con sus ojos verdes y su pelaje gris. Se miró a si mismo durante un instante, parpadeó y al momento estuvo de vuelta en la cueva, con las llamas rugiendo y la carne ya preparada.
Recordaba haberse observado a si mismo como animal y como persona durante un segundo y también recordaba haber percibido algunas presencias más ocultas en alguna parte, pero cerca de él durante el cortísimo tiempo en que el Lobo había permanecido en aquel lugar.
Había sido un sueño extraño... si es que realmente había sido un sueño.
3/2/10
Emboscada
Un hombre achaparrado y cubierto de pieles guiaba al resto de sus compañeros hacia el saliente rocoso que dominaba el sendero mientras que abajo dos de ellos preparaban la red con la que pretendían cazar al animal. Un tercer grupo se escondía entre los matorrales con las pesadas hachas de piedra colgando de los cinturones de cuero que les mantenían las pieles con las que se cubrían el cuerpo.
Se trataba de un grupo de cazadores salvajes, un grupo particularmente molesto cuyo único objetivo parecía ser el tratar de dar caza al Lobo y en consecuencia también al Caballero. Su naturaleza u origen no estaba lo bastante clara como para poder hacer juicios al respecto, pero todo apuntaba a que existían y estaban presentes a causa del Caballero-Lobo (o como consecuencia de él). También podría deberse a la magia del bosque.
La celada estaba preparada, la presa pasaría por allí en breve. Uno de los hombres, un hombresanto que se cubría la cabeza y los hombros con pieles de coyote lo había visto en el humo y en las runas.
"En el tiempo que precede al alba el Lobo cruzará el Paso de Piedra en dirección al río, aunque no llegará hasta él para calmar su sed"
Esa era la profecía del hombresanto y los guerreros estaban dispuestos a hacerla realidad.
Una vez en sus posiciones no tardaron mucho en escuchar las rápidas pisadas del animal, los hombres del risco no podían verlo venir por el camino aunque tampoco era necesario, sus compañeros abajo darían la señal cuando la red fuese lanzada y solo tendrían que cubrir la retirada. De buenas a primeras el sonido de la carrera cesó por completo. Todos se extrañaron de eso y se miraron entre si tratando de buscar una explicación a lo que había pasado.
Instantes más tarde descubrieron lo que había ocurrido.
De entre los árboles tras el trío encargado de lanzar la red surgió el furioso lobo al que pretendían dar caza. Cubrió los escasos cinco metros que le separaban de sus enemigos con tres rápidas zancadas, saltó sobre el más cercano de sus enemigos y golpeándole con las patas delanteras en el pecho mientras trataba de coger su arma le hizo caer al suelo, unos segundos más tarde agonizaba sobre la tierra con el cuello destrozado. Sus amigos soltaron las redes y se encararon al animal mientras daban la señal de alarma, una sonrisa lobuna cruzó el rostro de su enemigo mientras volvía a internarse en la espesura a toda velocidad.
Doce hombres habían tratado de emboscar a la criatura que comenzaban a pensar que era un demonio. Solo quedaban ocho acurrucados entre si cerca del centro del sendero, con las armas en ristre y los ojos bien abiertos, el hombresanto estaba seguro de que el Lobo moriría allí y allí debían quedarse.
Los otros cuatro habían ido muriendo por su propia insensatez. Uno trató de correr bosque a través para huir de los gruñidos y pisadas que se intuían justo fuera de su rango de visión, no tardó más de unos segundos en encontrarse con la afilada punta de una daga clavada en el pecho. Otros dos se hicieron los héroes alejándose del grupo e internándose en la espesura unas decenas de metros más adelante, desgraciadamente para ellos el Caballero era mucho más hábil que ellos con la espada y aunque en un leve encuentro inicial plantaron cara de forma más o menos decente al Lobo, poco pudieron hacer contra una cota de mallas y una técnica depurada durante años.
Tras un par de horas de acoso y miedo el Caballero decidió que no iban a perseguirle y se dirigió al río, solo que un kilómetro más al norte de donde pensaba hacerlo... y curiosamente la profecía que habían mostrado las runas y el humo se había hecho realidad, no iba al río a calmar su sed, sino a lavarse tras el combate contra los salvajes.
No era de su agrado el luchar contra ellos, pero en el pasado había estado demasiadas veces cerca de la muerte por su culpa... incluso recordaba haber muerto una vez a sus manos, aunque aquello era una tontería. Después de todo estaba vivo...
1/2/10
Encrucijada
Todos los días debemos tomar decisiones, todos los días y a cada momento. Unas son sencillas y otras muy complicadas, pero con frecuencia nos encontramos con que podemos tomarlas sabiendo más o menos cuales van a ser las consecuencias de nuestra elección.
A veces es como lanzar una moneda al aire... y que esta desaparezca por arte de magia antes de caer al suelo y poder ver siquiera el resultado de cara o cruz.
Eso es lo que me acaba de pasar a mi con una moneda de plata. Estoy sentado sobre un tocón de roble, posiblemente más antiguo que la mayoría de los árboles que lo rodean ya que está semi cubierto de musgo y algunas setas silvestres en su base. A una decena de metros se puede ver un cruce de caminos con forma de T. El camino de la derecha gira hacia el norte más adelante, lo he recorrido en parte antes de darme la vuelta de nuevo, parece más claro que el de la izquierda que a poca distancia se vuelve una senda bastante retorcida.
¿Qué camino debería seguir? La verdad es que suponía que este bosque ya no guardaba recorridos que no conociese, pero es curioso que siempre haya nuevas rutas que aparecen como salidas de la nada o que se unen a otras ya existentes que hacía mucho que no había transitado.
Bien... esta claro que el azar no quiere darme la respuesta y que la decisión no tiene más remedio que ser mia, así que me levanto y me envuelvo en la capa de lana gris, la cota de mallas tintinea mientras me ajusto el cinturón con la espada y el cuchillo y comienzo mi andadura de nuevo hacia el cruce. Los sentidos del lobo no me habían revelado nada especial de ninguno de los senderos con anterioridad y la observación con los ojos del hombre tampoco parece revelarme que camino sería mejor que tomase.
Chasqueo la lengua y de repente se me ocurre algo. ¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? El bosque puede darme cuantos caminos quiera, más directos o más retorcidos, simples o complicados... pero hay una posibilidad que siempre se encuentra presente.
Con una sonrisa triunfal me adentro en la espesura pisando la hierba y el manto de hojas secas. No tengo mas remedio que apartar un arbusto y algunas de sus ramas se quiebran bajo la presión, después de todo si no hay un camino que seguir siempre puedo buscarme uno propio... tal vez por eso desapareció la moneda.
28/1/10
Un viaje a otro lugar
De un tirón cerró la pequeña bolsa de cuero que había estado preparando antes de salir de nuevo del bosque. Esta vez no iba a tardar tanto en regresar (o al menos eso esperaba) pero había algo que tenía que hacer. Se sentía impulsado a ello y nada iba a impedírselo.
La espada estaba apoyada contra la pared de la gruta que a menudo usaba como refugio, no era demasiado profunda en realidad, pero si lo suficiente para resguardarle del frío, el viento y la lluvia si lo necesitaba. Un montoncito de leña apilada junto a un hacha al fondo de la cueva le permitía tener un fuego si lo deseaba, un saco relleno de paja y hojarasca le hacía las veces de jergón. Por lo general de cualquier modo si tenía que dormir allí dentro no lo hacía como una persona, sino como un animal, el calor se conservaba mejor con esa forma que con una capa de viaje.
Con un par de zancadas alcanzó la salida del refugio, bastante escondido entre un grupo de álamos y abedules, agarró con fuerza el cuello de la bolsa durante un instante y se la colocó al cuello.
La espalda se encorvó, las manos y piernas se acortaron, las ropas y capa dieron paso a un tupido pelaje gris, el rostro se alargó y cubrió de pelo, la boca se convirtió en pocos segundos en un alargado morro lobuno que parecía sonreir. Unos brillantes ojos verdes otearon el estrecho sendero que conducía a la entrada del refugio. Sin emitir más sonido que el de las garras contra la superficie rocosa de la entrada el lobo partió a la carrera hacia su destino.
Había dejado bien lejos el linde del bosque cuando se paró a beber en un riachuelo que corría desde las montañas a las que se dirigía hacia, posiblemente, un afluente algo mayor de un río más grande. Algo le hizo erizar el pelaje del lomo y se giró en redondo. Antes de que se diese cuenta ya tenía encima a un hombre ataviado de pieles armado con un enorme hacha de piedra.
Instintos humanos, ¡bah!
Saltó hacia un lado y por poco y no le alcanza con el arma en pleno espinazo, si llega a golpearle... deseó con todas sus fuerzas saltarle al cuello y el humano pareció leerle el pensamiento puesto que se agachó e interpuso el hacha entre ambos. Si atacaba no iba a ser precisamente una pelea fácil. Se decidió por la opción más práctica, la huida. De todas maneras no era momento de luchar contra aquella cosa surgida de no se sabía bien donde, tenía asuntos más importantes que atender. Amagó un ataque y cuando su adversario se movió para protegerse fintó hacia el otro lado y se alejó a la carrera del río. Ambos sabían quien era más rápido y si el asaltante no había organizado una partida de caza con anterioridad y le tendían ahora una emboscada no iba a tener muchas posibilidades de alcanzarle. Lobo y humano se dirigieron una mirada de respeto y el animal siguió su camino en dirección a las montañas.
Una vez dentro de los intrincados paisajes de piedra y maleza nudosa y retorcida las patas de lobo fueron en poco tiempo menos útiles que un fuerte par de manos y unas botas de buena calidad. Así pues el último tramo del camino lo hizo a pié, trepando donde era necesario, cuidando de no resbalar cuando las paredes o las laderas eran demasiado terrosas o estaban excesivamente erosionadas. En algunos momentos llegó a pensar que seguramente hubiera un camino mucho más sencillo y directo para llegar a la cima, pero con frecuencia los humanos (y él lo era, al menos en parte) se empeñan en hacer las tareas más sencillas por el método más complicado.
La cima estaba prácticamente allanada por el viento, aqui y allá se veían retazos de hierba o algún achaparrado matorral, cerca el borde más escarpado había una figura de espaldas, sonrió y dejó la bolsa sobre una roca redondeada por el paso del tiempo. Acto seguido se dió media vuelta para emprender el camino de regreso a su hogar.
En el interior del presente que había dejado en la cima de la montaña se podían encontrar una hoja seca de abedul, un frasquito de vidrio con algo de agua en su interior y una pequeña piedra de color gris claro. Cualquiera con aquellos tres objetos no lo tendría complicado para encontrar el bosque...
26/1/10
Reencontrando el lugar
Nuevamente dentro de la piel de la bestia.
Hacía mucho que no lo hacía, también hacía demasiado tiempo que no me colocaba la armadura ni me colgaba la espada al cinto. Todas ellas son sensaciones agradables.
Mis patas casi no tocan el suelo, parecen volar sobre la hierba húmeda de la estepa que conduce hacia el bosque, mi bosque. Allí soy Señor de mis propias tierras que abarcan todo aquello que puedan defender mis garras y mis fauces.
Los primeros árboles se ciernen sobre mi, puedo olfatear la espesura a pesar de no poder verla todavía, la noche ha caído, como siempre que me acerco a este lugar encantado. En pocas ocasiones he llegado a ver el sol brillar entre las ramas, creo que nunca se hace de día aqui, o tal vez sea que yo lo prefiero de este modo.
Hace rato que mi carrera se ha hecho más lenta, el sotobosque no me permite moverme tan deprisa, además empieza a faltarme el aliento. Me paro justo ante mi pequeña colina, una luna casi llena baña la cima de la misma. Conforme subo la ladera a paso más lento dejo detrás la piel del lobo, cuando alcanzo la cima mi pelaje gris oscuro ha dejado paso a una capa vieja, una cota de malla y una sobrevesta con el blasón del lobo en el pecho. La espada que forjé hace tanto tiempo pende de mi cintura, lo único en mi que se asemeja al lobo que era hacía solo unos instantes son los ojos, verdes tanto en el animal como en el hombre.
Miro hacia el cielo, la luna parece sonreirme. Tras haberla estado contemplando unos minutos con mis ojos humanos vuelvo a vestirme como un animal...
Muchas criaturas tanto afines como discordes con lo que soy, con lo que siempre he sido aqui, escuchan mi primer aullido hacia la dama luna en mucho, mucho tiempo...
Hacía mucho que no lo hacía, también hacía demasiado tiempo que no me colocaba la armadura ni me colgaba la espada al cinto. Todas ellas son sensaciones agradables.
Mis patas casi no tocan el suelo, parecen volar sobre la hierba húmeda de la estepa que conduce hacia el bosque, mi bosque. Allí soy Señor de mis propias tierras que abarcan todo aquello que puedan defender mis garras y mis fauces.
Los primeros árboles se ciernen sobre mi, puedo olfatear la espesura a pesar de no poder verla todavía, la noche ha caído, como siempre que me acerco a este lugar encantado. En pocas ocasiones he llegado a ver el sol brillar entre las ramas, creo que nunca se hace de día aqui, o tal vez sea que yo lo prefiero de este modo.
Hace rato que mi carrera se ha hecho más lenta, el sotobosque no me permite moverme tan deprisa, además empieza a faltarme el aliento. Me paro justo ante mi pequeña colina, una luna casi llena baña la cima de la misma. Conforme subo la ladera a paso más lento dejo detrás la piel del lobo, cuando alcanzo la cima mi pelaje gris oscuro ha dejado paso a una capa vieja, una cota de malla y una sobrevesta con el blasón del lobo en el pecho. La espada que forjé hace tanto tiempo pende de mi cintura, lo único en mi que se asemeja al lobo que era hacía solo unos instantes son los ojos, verdes tanto en el animal como en el hombre.
Miro hacia el cielo, la luna parece sonreirme. Tras haberla estado contemplando unos minutos con mis ojos humanos vuelvo a vestirme como un animal...
Muchas criaturas tanto afines como discordes con lo que soy, con lo que siempre he sido aqui, escuchan mi primer aullido hacia la dama luna en mucho, mucho tiempo...
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