6/5/10

Hora entre Horas

Comenzaba a hacer calor durante el día y las noches cada vez eran más cortas en el sombrío bosque, sin embargo seguía refrescando en las horas previas al amanecer, lo cual obligaba al hombre que se apoyaba contra las raíces de un enorme roble a apretar más estrechamente la desgastada capa contra su cuerpo. Los sonidos de los pequeños animales nocturnos volviendo a sus escondrijos y los de los pájaros más madrugadores cantando al incipiente sol llevaban al Caballero a recordar todo el tiempo que había pasado lejos de aquellos árboles, de aquel musgo fresco, suave y oloroso, de los helechos cuajados de gotas de rocío y sobre todo de las reconfortantes horas de descanso tanto para el cuerpo como para el espíritu.

Era definitivo, para bien o para mal había regresado al hogar.

"¡Caballero!" - la voz no era más que un susurro entre los árboles, dentro de su cabeza parecía un grito. - "¡Caballero! Os están esperando, moveos deprisa... ahora que es la hora-entre-horas"

El hombre se levantó de un salto, no reconocía la voz, pero si la raza del ser que le hacía llegar sus pensamientos entre las hojas de los árboles. Cogió la espada por la cruceta y se la ató a la cintura dejándola caer sobre la cadera, se ajustó el cinto sobre la cota de malla y pudo percibir el suspiro de desaprobación de la criatura en sus oídos.

"Sabes perfectamente que no les gusta esta forma, Caballero. El metal negro no tiene cabida en su reino. Dejad vuestras armas y ropas de hierro aqui, nadie osará robarlas, te lo prometo."

- No. - fue la seca respuesta del hombre. - Esto es tan parte de mi como pueden serlo mis manos o mis ojos. No me separaré de ninguno de mis aperos. Sin embargo me presentaré ante ellos con mi otra forma, para que en realidad el metal no pueda dañarlos.

Las hojas de los árboles susurraron su descontento, aunque en esta ocasión la voz no llegó hasta el Caballero. Levantó la barbilla y olfateó el aire, mientras lo hacía cambió de forma hacia la del lobo gris, continuó moviendo el hocico en el aire durante unos instantes y comenzó a andar lentamente hacia un grupo de árboles cercanos.

El pueblo de las Hadas era antiguo, mucho más que aquel bosque y por supuesto que el Caballero y sin embargo parecían jóvenes a causa de su aspecto y su actitud para con la vida. Ahora el Lobo podía escuchar los trinos de las flautas de los sátiros, las cristalinas voces de las ninfas, el retumbar de los vozarrones de los gnomos y el susurrar de las dríadas. En aquel claro se habían reunido al menos una docena de seres del llamado "Pueblo Hermoso", en la Hora Entre Horas que precede al amanecer. Era todo un honor para alguien que no pertenecía a su estirpe ser invitado en aquel momento y sin embargo el Lobo seguía sospechando que había algo extraño allí.

En cuanto puso la primera de sus patas en el interior del círculo de árboles que formaba el espacio elegido por aquella corte el aire pareció fluctuar, los colores ganar en intensidad, definición y belleza... y allí estaban todos los Reyes y las Reinas del Pueblo de las Hadas.

Durante un tiempo todos permanecieron en silencio hasta que un duende viejo y arrugado que agarraba firmemente un bastón de madera se acercó anadeando hasta el Lobo.

"Amigo nuestro, sabes que siempre te hemos querido bien." - su voz era como el tintinear del oro y el escanciar del vino viejo - "Y hoy queremos pedirte un favor. En esta Corte del Amanecer nos hemos encontrado los Reyes del Día y los de la Noche pues hemos visto fuera del linde del bosque alguien que podría querer acompañarnos. Sabemos que nos ama a nosotros, el Pueblo Hermoso y estamos seguros de que podrá soñarnos para bien o para mal. Te pedimos como amigos tuyos y amigo nuestro que vayas a buscarla y la traigas aqui, a este bosque, si le place visitarnos y tal vez convertirse en una criatura más. ¿Qué decides, Caballero- Lobo?"

El gruñido que surgió de la garganta del animal fue interpretado correctamente por todos como un símbolo de aceptación y tras unos minutos de bendiciones susurradas y consejos por parte de los reyes más arrogantes, el Lobo salió del claro en dirección a los lindes del bosque. En cuanto se hubo alejado unos cuantos metros comenzó a correr con una joya de plata que le acababan de entregar colgándole del cuello, una especie de intrincado laberinto que realmente no era tal aunque pudiera parecerlo ya que con solo seguir la senda sin desviarse podía llegar uno hasta el centro del colgante. ¿Qué significaba aquello?

Respecto a la tarea que le habían encargado él mismo había olido la presencia antes y había pensado que tenía que ir a verla, ahora le habían dado un motivo... ¿O tal vez había sido él quien se lo dió a los Reyes?

No hay comentarios:

Publicar un comentario