El Lobo se paró en mitad del bosque, levantó la cabeza y olfateó el aire para comprobar que seguía el rastro correcto. En realidad no consideraba poderlo haber perdido, pero el instinto le obligaba a comprobarlo de vez en cuando. Durante la tarde habían caído algunas gotas de agua y todas sus alarmas se dispararon: el agua hace perder los rastros, difumina los olores... afortunadamente no fue más que una nube pasajera, un pequeño chubasco que no le restrasó más de unos minutos.
Ahora se encontraba muy cerca del lugar que había estado buscando, agua corriente, tierra mojada, piedra, musgo, algunos pequeños animales... y a quien estaba buscando. Conforme se acercaba al lugar iba aminorando el paso, no quería irrumpir en aquel sitio como una cazador ni como un intruso, deseaba que quienquiera que estuviese allí le escuchase llegar. Conforme se acecaba los sonidos y los olores se hacían más vívidos e intensos. Incluso los colores parecían diferentes.
Al entrar en el territorio que rodeaba al estanque cambió, las garras fueron brazos y piernas, la piel pasó a ser ropas y armadura, una espada y una daga pendían del ancho cinturón que se ceñía a la cintura. Los ojos del Caballero eran exactamente los mismos que los del Lobo y su expresión muy similar. Una vez se había internado unos cuantos pasos en el lugar hincó la rodilla en la tierra húmeda, agachó la cabeza y esperó pacientemente a que la persona que había ido a buscar reparase en él.
Ella se encontraba de espaldas, con un pié jugueteando con el estanque sentada en la ancha y plana roca...
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